Pregunta para la XVII Conversación Clínica de Barcelona

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Pregunta de Mari Cruz Alba. Presencia del analista y semblante del analista son dos conceptos de la teoría psicoanalítica que si bien no son equivalentes, son sin duda dos conceptos estrechamente relacionados dentro del campo de la problemática de la transferencia. Lacan en el Seminario XIX… Ou Pire nos dice que “es porque el analista en cuerpo instala el objeto en el lugar del semblante, que hay algo que existe y que se llama el discurso analítico… ¿Qué quiere decir eso? …vemos que, como discurso y no en lo que es dicho, en su decir, nos permite aprehender lo que es del semblante.” ¿Qué podría decirnos sobre la presencia del analista usado como cuerpo en cuanto que permite que exista el discurso analítico?

En la última clase del Seminario XIX Ou pire… Lacan dice: “… si existe algo denominado discurso analítico, se debe a que el analista en cuerpo, con toda la ambigüedad motivada por ese término, instala el objeto a en el sitio del semblante”[1]. Entonces, es por la encarnación del objeto a que soporta el cuerpo del analista, que puede existir el discurso analítico. Veamos qué quiere decir esto.

“Encarnar una función” es un sintagma muy especial que da cuenta de la especificidad que introduce el discurso analítico respecto de otros discursos. Tomemos la definición de función de Frege -en la que se apoya Lacan en esos años-, éste dice: “… la expresión de una función tiene que mostrar siempre uno o más lugares que están destinados a ser llenados por el signo del argumento…”. Una función designa un lugar cuyo contenido está vacío, y por tanto, diferentes argumentos pueden venir a instalarse en él.[2]

Respecto al discurso analítico, decimos que para hacer posible ese vacío, lugar disponible donde podrán venir a instalarse distintos argumentos, distintas significaciones, es necesario que el analista con su cuerpo –haciendo resonar allí, en corps, tanto en cuerpo como aún, “una vez más”…- encarne el objeto a. Lacan nos recuerda que el encuentro de cuerpos es el acto inaugural que podrá dar lugar al discurso analítico[3]. Pues bien, ese cuerpo del analista prestado para encarnar el objeto a, se pone en juego a través y en el lugar del semblante. Podemos decir que, en un análisis, el objeto a está envuelto por el semblante del analista; y que esa encarnación del objeto a, es la que hace posible un decir. El discurso, por tanto, dice Lacan[4], está en el plano del decir, de la estructura. Por el contrario, la verdad, el goce y el semblante están en el plano de lo dicho. Estos dos planos, decir y dicho, son heterogéneos entre sí, no son territorios separados por fronteras nítidamente delimitadas. De igual modo que –como dijo Lacan en los años 50- el significante no tiene ninguna significación, el decir no contiene ningún dicho en particular. En sintonía con esto, dos años antes, en 1969, en la primera clase del Seminario XVII “El reverso del Psicoanálisis”, Lacan decía que el psicoanálisis “es un discurso sin palabras[5]. De los efectos del decir que implica el discurso analítico se irán desplegando los dichos sobre la verdad, el goce y los semblantes del sujeto, que nunca podrán ser plenamente atrapados.

Por tanto, un misterio envuelve ese “cuerpo del analista”: cuerpo que está ahí, cuya presencia encarna ese lugar abyecto del objeto a, que pareciera habitar en Lituraterre, que zigzaguea sobre un litorial, ése con el que semblantea la transferencia… sombra inatrapable de un indecible.

Lacan dice: “Los analistas tienen cierta relación con algo que se denomina ser humano”[6] y cierra el Seminario XIX destacando precisamente la hermandad que el analista comparte con su analizante, en tanto ambos son hijos del lenguaje[7]. Quizás sea esa condición de hermandad –que además se ubica en las antípodas del ideal- la que participa del misterio de lo que implica ese “analista en cuerpo”.

La pregunta que en estas líneas intento responder, me ha llevado a pensar en algunos “efectos de cuerpo” -por así decirlo-, que he experimentado algunas veces presentando casos de mi propia clínica, pero dejaré el tema para desarrollarlo en alguna ocasión futura.

Ilustremos ahora, con dos ejemplos clínicos, el estatuto del cuerpo del analista entre presencia y semblante. Uno es de Freud, el otro de Antonio Di Ciaccia.

Freud escribe el caso Dora organizándolo alrededor de dos sueños de la paciente. En el primero de ellos, un sueño de repetición, hay un incendio en una casa y su padre la salva. El acto paterno, además, enfrenta el capricho de la madre empeñado en rescatar un alhajero. Freud relata una multitud de detalles destinados al análisis del caso, pero a fines de bordear la pregunta que nos ocupa, destacaremos la puntualización que hace Dora al día siguiente de relatar el sueño con todo lujo de detalles: dice que ella al despertar, siente olor a humo; y eso, entre otras cosas, tiene que ver con él, Freud, del que sabemos era fumador.

Lacan había dicho que la esencia del sueño es la suspensión de la relación del cuerpo con el goce, y justamente aquí Dora reintroduce el cuerpo, pero nótese que lo hace a partir del soporte que encuentra, por la vía de la transferencia, en el cuerpo del analista. El humo, por cierto, como el propio Freud explica, es un semblante que está sobredeterminado, puesto que remite tanto a él, como al padre y al sr. K. En esa sobredeterminación de los síntomas está la clave de lo que introduce Freud con el discurso del psicoanálisis: si algo está sobredeterminado es en tanto que, de ninguna manera, podemos atrapar su causa última. La causa, por tanto, está perdida y el sujeto es la hendidura propia de ese lugar. La sobredeterminación es la forma de ese vacío que, no obstante, requiere del soporte corporal que el analista le presta por la vía del objeto causa de su deseo. En el lugar del humo en tanto semblante, Freud encarna el objeto a que hace posible el análisis de Dora, al menos durante un tiempo.

El segundo ejemplo es un detalle de un relato que alguna vez escuché contar a Antonio Di Ciaccia. Tratábase de una mujer que vino a verlo porque necesitaba hablar con un analista. Di Ciaccia la escuchó atentamente y la invitó a seguir en una próxima sesión. La mujer, muy cortésmente, le dijo que se había sentido muy bien, que él había sido muy amable, pero que ella estaba interesada en analizarse con una mujer; tras lo que el analista respondió: ¿Y qué le hace pensar que yo no lo soy?

En ambos ejemplos podemos ver esta articulación entre presencia y semblante del analista al servicio de la encarnación del objeto a, función que hará posible la existencia del discurso analítico.

Irene Domínguez. Psicoanalista en Barcelona, miembro de la ELP y AMP.

[1] Lacan, J. El Seminario XIX, Ed. Paidós. Buenos Aires, 2012. Pág. 226

[2] Fernández, E. “Aproximación a la lógica del no-todo”. Presentación en la CdC-ELP. Noviembre 2016.

[3] Lacan, J. El Seminario XIX, Ed. Paidós. Buenos Aires, 2012. Pág. 224

[4] Íbidem, Pág. 225

[5] Lacan, J. El Seminario XVII, Ed. Paidós. Buenos Aires, 1999. Pág. 10

[6] Lacan, J. El Seminario XIX, Ed. Paidós. Buenos Aires, 2012. Pág. 219

[7] Íbidem, Pág. 230

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