PACIFICTION de ALBERT SERRA

Albert Serra lo ha vuelto a hacer: Pacifiction, su última película, es de nuevo sorprendente y magistral.

Cuando una pensaba que sólo del silencio, el enigma o la oscuridad del goce surgían las formas poéticas, él nos presenta un colorido paraíso perdido, donde todo está a la vista: cocoteros, marines, almirantes y funcionarios del gobierno conviven con aborígenes abocados a cualquier cosa que se asemeje al turismo. Y de nuevo, surge el poema. 

Una absurda trama en forma de thriller, nos lleva hasta la Polinesia, donde un alto funcionario del gobierno francés, personaje cuyo trabajo consiste en no hacer absolutamente nada –parece fácil, pero habría que estar en su lugar–, es sacudido de su somnolienta rutina por un rumor… Como De Roller es un tipo apocado pero campechano que quiere ser amado por sus isleños, y como además tiene mucho tiempo libre, decide indagar. El rumor consiste en unas pruebas nucleares que el gobierno francés quiere hacer en las turquesas aguas de los mares del sur. Operación secreta, por cierto, nada discreta: la isla de golpe se llena de marines que, haciendo honor a su condición, pasan las noches en el club de moda. Así el Paradise Night, un local entrañablemente decadente, con ese aroma de club exclusivo para turistas buscando experiencias fuertes –para eso sus camareros van en gayumbos–, se convierte en el oscuro escenario donde transcurren los encuentros de estos personajes encargados de llevar a cabo la macabra operación. El contraste entre las armas de la guerra y la pacifiction –ficción en el Pacífico que resuena con pacificación– introduce una de las abundantes paradojas que muestra la película. Hoy la guerra ya se puede hacer en paz.

De Roller es el protagonista cuyo punto de vista comanda la narración, personaje que, como todos los otros, es un genuino exponente del sujeto contemporáneo. O quizás sería más preciso decir que lo que muestra la película es la desaparición del sujeto. Ninguno de ellos pareciera tener inconsciente: seres sin pasado, sin historia, con apenas discurso. Todos están, en ese paraíso, ganando dinero. Que uno sea almirante, otro cabo, marine, diplomático, transexual, aborigen, revolucionario o prostituta, no tiene demasiada relevancia. Las diferencias se diluyen. El capitalismo –maquinaria infernal de producción de desigualdades a velocidades vertiginosas– finalmente ha logrado realizar la igualdad absoluta de la subjetividad, incluida la de género. Otra exquisita paradoja.

Por eso, lo que aparece como el colmo de la profundidad subjetiva de De Roller es un monólogo que despliega frente a su acompañante Shanna sobre los porcentajes de racionalidad, emotividad y sensibilidad que se deben combinar en las decisiones que se supone debe tomar como el importante hombre de estado que cree ser. Una retahíla de sentido común al genuino estilo de la fanfarria de la autoayuda, digna de un héroe post-apocalíptico. El patetismo de su narcisismo bonachón, que quisiera hacer el bien sin sacarse la americana color crudo –impecable vestuario que no se quita ni bajo la lluvia–, da cuenta de esa ausencia de la más mínima conexión con lo real.

Finalmente, la democracia capitalista ha acabado con la tragedia y el drama. Ya no se sufre como antes. Fin de los asesinatos pasionales, de los amores imposibles, de la quema de brujas, de los escándalos sexuales. Todo lo que no sea dinero ha quedado relegado a un ínfimo plano, que suponemos tan en el profundo interior del protagonista como el dudoso submarino.

Pero si bien la película constata el fin del sujeto, el suicidio de Hamlet, no obstante, nos ofrece una exquisita mostración de la tesis lacaniana “la paranoia es la estructura de la personalidad”. Ahí la tenéis: la paranoia siempre es un buen recurso para lograr una identidad fuerte, alzando barreras frente a los otros. El almirante, en un momento casi íntimo, confiesa ver enemigos por todos lados, y eso justifica su presencia en esa misión.

Pero quizás mucho más sutil y evocadora es la paranoia de De Roller. Entre rumor y delirio, el protagonista empieza a buscar pruebas fehacientes de la existencia del submarino, y poder así confirmar sus sospechas. Sospechas, por otro lado, que son un secreto a voces; todos lo saben. La paranoia contemporánea, en contraposición a la clásica, ya no crea aquellos delirios napoleónicos de antaño. Hoy ningún delirio cuaja en un discurso consistente… El loco ya no atemoriza ni escandaliza. Como en el aforismo de Lacan, todo el mundo es loco, la normalidad es una absoluta locura. La única diferencia, pero sustancial, es la gracia que se tenga al delirar.

Veréis al polifacético francés pasear por la isla haciendo sus funciones: interceder con la iglesia para que los feligreses puedan ir al casino o asistir a un ensayo general de una coreografía étnica. Bajo su criterio, a la obra le falta más violencia. Y es que en el paraíso uno se olvida de la muerte, de ahí que una pelea de gallos devenga, casi, lo único que la evoca.

Ubicar toda esta trama secreta y sin espías en el paraíso perdido, hace las excelencias del film. No hay nada perdido para el capitalismo, mucho menos el paraíso. De igual modo, el sujeto contemporáneo ya no tiene que vérselas con el objeto perdido que Freud ubicó en la primera experiencia de satisfacción con la teta materna. Podemos ser niños eternos. Por eso, la imposibilidad de que algún rincón del mundo escape al mercado, reintroduce en su colorido paisaje la posibilidad inminente de la desaparición de la especie. No existe, como le gustaría a la paranoia, el Otro malo. El enemigo, que finalmente arrasará con todos nosotros, habita en la estupidez humana globalizada que ha logrado el progreso. Nadie se hará responsable de ninguna atrocidad, porque todos –como confesó en el juicio de Núremberg Adolf Eichmann– estaremos cumpliendo órdenes. Somos los alegres esclavos liberados que ya sólo sabemos vivir para el dinero. Pero el dinero ya ni siquiera está ligado a la ambición, sino más bien, a la respuesta de la normalidad para llenar el vacío existencial. Por eso, ni con las más palpables pruebas de nuestra cercana extinción, despertaremos de la pesadilla de la inmortalidad. Lo real acecha, aun sin creer en nada. El fin nos encontrará, en el intento de rasguñar un gramo de goce, en una fiesta agonizante con sombrillas cocteleras: hace mucho que ganó el aburrimiento.

Tras la fascinación de la imagen, surge el poema: más cómico que dramático, sin violencia, sin esperanza, sin muerte.

Un comentario

  1. Montserrat Puig · · Responder

    Excelente!! una vez mas Un abrazo Montse

    Me gusta

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